Rolando Rodríguez Muñoz y Hugo Robles Díez, biólogos, profesores de la Universidad de Oviedo/Uviéu y de Exeter.
Existen formas de explotar el monte que permiten reducir de manera muy notable el impacto sobre la biodiversidad, el paisaje, el suelo y la hidrología.
Un monte es un terreno no cultivado, cubierto de árboles, arbustos, matas o hierbas. Si incluimos las zonas ocupadas por cultivos forestales, en Asturias, el monte ocupa en la actualidad alrededor de tres cuartas partes de la superficie regional. Todos estamos de acuerdo en la importancia de los montes para conservar la biodiversidad, y en que la explotación forestal (la explotación del monte) debe ser sostenible. Los problemas llegan a la hora de plantear la gestión más apropiada para alcanzar ambos objetivos.
La ciencia de la “Biología de la Conservación” es muy clara al respecto, de modo que para quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones, esa gestión no debería resultar difícil de planificar. Sin embargo, la realidad es muy distinta, y el resultado es casi siempre el mismo: Los montes se van deteriorando paulatinamente, y lejos de ser sostenibles, las explotaciones esquilman el paisaje y el recurso, poniendo en jaque su propio futuro y el de las generaciones posteriores.
El origen de esta discrepancia entre objetivos y gestión está en dos factores fáciles de entender, pero muy difíciles de corregir. Por un lado está el hecho de que, desde el punto de vista de las empresas del sector forestal, cualquier medida que ponga límites a su actividad extractiva, supone una merma en los beneficios (conflicto de intereses entre explotar y conservar). Por otro, está el desconocimiento profundo sobre lo que significan conservación y sostenibilidad, por parte de muchos de los profesionales encargados de planificar la gestión del monte, que a menudo están también afectados por un conflicto de intereses entre explotación y conservación. La combinación de ambos factores supone una presión constante para explotar el monte con mayor intensidad y así aumentar el beneficio, dando como resultado su degradación. En definitiva, pérdida de biodiversidad y sobreexplotación.
Como consecuencia de estos dos factores, la sociedad lleva décadas sometida a un bombardeo continuo e interesado de falacias sobre qué debemos hacer para conservar el monte. Los medios repiten sin cesar que el monte se deteriora cuando se “abandona”, y que debemos “cuidarlo” para cambiar esa situación. En las próximas líneas intentaré explicar qué nos dice la evidencia científica sobre qué es conservar un monte, y cómo la gestión forestal enfocada en la intervención y la explotación, demuestran que esas evidencias son ciertas.
CÓMO SE CONSERVA UN BOSQUE
Un bosque es un monte cubierto de árboles, bajo los cuales crecen arbustos, matorrales y hierbas. Los bosques mejor conservados, con mayor biodiversidad, son aquellos que nunca han sido manejados por el hombre, lo que se conoce como bosques primarios. Este tipo de bosques cada vez son más escasos en todo el mundo, y en Asturias probablemente ya no quedan más que algunos minúsculos retazos muy difíciles de identificar. Esto no significa que la región no disponga de bosques en buen estado de conservación.
Cuando se detiene el manejo o la explotación de un bosque que ha sido intervenido por el hombre durante un tiempo, su desarrollo pasa a estar regulado exclusivamente por factores naturales. Hay que tener en cuenta que la decisión de dejar de intervenir, también es gestión; en este caso con el objetivo de devolver su control a la naturaleza. Si la perturbación causada durante el periodo en que el bosque fue manejado por el hombre no ha sido excesiva, y las especies que vivían en el lugar siguen estando presentes en él o en sus inmediaciones, el ecosistema tiene una enorme capacidad de recuperación. Con el paso de los años, la ausencia de manejo puede dar lugar a un bosque secundario semejante a lo que fue el bosque original. Por eso, la mejor manera de conservar o recuperar un bosque, es abandonarlo. Dependiendo de las circunstancias, el monte puede evolucionar hacia una formación de matorral o arbustiva, igualmente valiosa desde un punto de vista de conservación.
Los bosques mejor conservados, con mayor biodiversidad, son aquellos que nunca han sido manejados por el hombre, lo que se conoce como bosques primarios
En Asturias, procesos de regeneración de este tipo llevan produciéndose varias décadas gracias a las políticas de conservación que se iniciaron hace 50 años. Por este motivo, la región cuenta actualmente con numerosos bosques secundarios con un buen estado de conservación, y con un gran futuro potencial como reservas naturales. Estos bosques tienen suelos maduros que favorecen la retención y descontaminación del agua de lluvia, así como descomposición y retorno de nutrientes. Capturan y almacenan carbono y protegen las laderas de la erosión.
El ejemplo más emblemático es el de Muniellos. Este bosque estuvo sometido a una explotación muy intensiva durante 200 años, hasta que ésta cesó en 1973. Estas décadas de evolución completamente natural, han convertido a Muniellos en un verdadero símbolo de la conservación de los bosques cantábricos. Bosques secundarios como Muniellos se caracterizan por tener un sotobosque muy desarrollado, árboles de todas las edades, desde los recién germinados hasta los más gruesos, en muchos casos ya secos y colonizados por multitud de animales, plantas y hongos que dependen de la madera muerta para sobrevivir o para cobijarse.
El monte incluye no sólo los bosques, sino también las áreas desarboladas pero no cultivadas, cubiertas de matorrales y arbustos, que cumplen funciones similares a las de un bosque y que a menudo son un paso previo al mismo. Al igual que ocurre con los bosques, la ausencia de manejo es la que determina su estado de conservación, es decir, el abandono favorece su recuperación y conservación.
LA ORDENACIÓN DEL TERRITORIO COMO BASE PARA LA GESTIÓN SOSTENIBLE
Si nos atenemos a las evidencias, la conclusión es muy clara: Para cuidar un monte sólo hay que dejar de manipularlo, dejar que la naturaleza tome el control. Tomando esa premisa como base, está claro que no tiene sentido pensar que todos los montes de la región pueden destinarse expresamente a conservación. Nuestra sociedad necesita recursos para sobrevivir, y eso incluye la explotación de una parte del monte. Con una superficie forestal que actualmente ronda el 75 % del total regional, en Asturias hay espacio para todo.
La ciencia también ofrece abundante información sobre cómo se deben delimitar y organizar las áreas destinadas a conservación, para evitar la pérdida de biodiversidad. También disponemos de conocimientos sobre el tipo y la intensidad de usos que se puede dar a esas áreas, sin que ello vaya en detrimento de su conservación. Es posible crear diversos niveles de uso, desde zonas en las que el acceso se limite sólo a labores de estudio, hasta otras en las que se puedan establecer rutas que permitan a la gente conocer la naturaleza y aprender a valorarla.
De igual modo, sabemos qué pautas de explotación permiten extraer recursos de manera sostenible, es decir, sin degradar el territorio, y cuáles no. La labor de un buen gestor consiste en regular los usos del territorio, delimitando áreas libres de intervención destinadas a conservar el monte, y otras sometidas a explotación, donde el objetivo principal sea la extracción sostenible de recursos naturales.
NATURALIZAR LOS CULTIVOS FORESTALES PARA HACERLOS MÁS SOSTENIBLES Y BIODIVERSOS
Existen formas de explotar el monte que permiten reducir de manera muy notable el impacto sobre la biodiversidad, el paisaje, el suelo y la hidrología, además de hacerlo menos propenso a plagas, gracias a la acción de los depredadores y parasitoides naturales.
En Asturias, la mayor parte del sector forestal está basado en el cultivo de especies exóticas, en su mayoría pinos y eucaliptos. Existe abundante documentación científica que evidencia el fuerte impacto negativo de este tipo de cultivos sobre la biodiversidad. La explotación se efectúa además de manera muy agresiva, con talas a matarrasa (se talan todos los árboles) en las que a menudo se retiran todas las ramas, dejando el suelo completamente desnudo. La eliminación de toda la cubierta vegetal, unida a la apertura de pistas y el trasiego de maquinaria pesada, conlleva una erosión muy intensa tras la tala.
Sustituir estas especies por otras autóctonas y cambiar el modo en que se desarrollan los aprovechamientos forestales, supondría un cambio drástico en lo referente al impacto ambiental. Por ejemplo, la producción de pulpa para papel se podría hacer a partir de madera de abedul, una especie muy común en Asturias, y que hace mucho tiempo que se utilizan en el norte de Europa con esa finalidad. Mezclar diferentes especies autóctonas, en lugar de una sola, permitir que haya un porcentaje de árboles viejos que nunca se talen, reducir al mínimo las pistas y dejar el ramaje sobre el terreno, son prácticas que permitirían el regreso de muchas especies de fauna y flora autóctona a las zonas cultivadas, y reducirían los niveles de erosión.
PREVENCIÓN DE INCENDIOS Y USO DE BIOMASA
El papel que juegan los incendios en los ecosistemas forestales varía mucho de unas regiones a otras. En el caso de Asturias, el fuego no forma parte de los procesos naturales; sólo uno de cada cien incendios se producen por causas naturales. Por ese motivo, las medidas principales de prevención deberían ser educativas, de concienciación, de vigilancia y de persecución del delito cada vez que este se produzca. Desarrollar campañas bajo el eufemismo “limpieza del monte” para evitar que el monte arda, es un contrasentido, ya que implica destruir aquello que se pretende proteger.
Otro problema que está aumentando con rapidez, es el uso de madera como fuente de energía a escala industrial con la intención de reducir la huella de carbono. Es un planteamiento paradójico. La madera libera más carbono por unidad de energía producida que muchos combustibles fósiles. Junto al carbono, la quema de madera emite muchos contaminantes y micropartículas altamente perjudiciales para la salud. En definitiva, quemar árboles para producir energía no sólo contribuye a incrementar la huella de carbono, sino que conlleva la deforestación de extensas áreas tanto en Asturias como en las regiones limítrofes, o incluso en otros países, si la madera termina siendo importada del exterior. Algo que no tiene sentido si el objetivo final es fomentar la captura y almacenamiento de carbono y la conservación de la biodiversidad.
Rolando Rodríguez Muñoz y Hugo Robles Díez